Hay una dialéctica extraña entre esa fuerza oculta que nos empuja a ser diferentes, a buscar más la diferencia que lo que nos une y otra que nos empuja a buscar activamente el modelo que nos haga encajar. A veces es difícil diferenciarlas y muchas veces se confunden la una con la otra. La fuerza que sostiene la máscara de la originalidad nos hace creer que hay que ser diferentes porque lo contrario es ser aburrido. Al fin y al cabo la publicidad juega constantemente con la idea de "sé distinto", original, porque esa idea vende y satisface; aunque sea para decirte que puedes conseguirlo a través de este iPod que nadie tiene. O tunear ese coche como nadie lo ha hecho. O encontrar las cosas más extrañas en Internet. O escribir el post más original que se ha hecho nunca. Por supuesto que esa presión puede dar con ideas innovadoras o incluso con adelantos para toda la sociedad; la competitividad puede ser sana y provechosa incluso cuando sea por diferenciarte de tu vecino. Pero muchos de esos actos son actos muertos y sólo esconden el más primitivo deseo de filiación: de querer pertenecer al grupo de los que son o quieren ser diferentes. Se nos inocula la pulsión de querer sobresalir y dejar huella sólo para pertenecer al grupo de los que quieren hacerlo. Porque vende. Porque mola.
Por otra parte tenemos modelos como siempre los ha habido: en la literatura, en el cine, en la chica más popular del instituto o el capitán del equipo fútbol. Mi madre quería unos zapatos de Gilda desde que salió la película porque eran el epítome de la feminidad. Yo quería ser como cualquiera de los animes que veía, o ser astronauta porque me gustaba un personaje de uno de ellos. En el fondo tanto la máscara de la originalidad como el modelo a seguir tienen ese mismo fin pero ligeramente retocado: quizás la originalidad busque más la admiración y el modelo la aceptación pero siempre se trata de encajar. Lo que falta en ambos casos es autobservación. Nada de querer ser tú mismo porque si eso es lo que quieres seguro que terminarás siendo un funcionario que se levanta todos los días a las siete de la mañana y que vuelve a casa con sus hijos justo para jugar con ellos, leer el periódico, hablar con tu mujer, hacer papel maché e irte a la cama. Pero a lo mejor ser original muchas veces es ser tú mismo, o al menos pasarte la vida intentando descubrir quién eres. Aunque eso suponga que lo que quieres es trabajar en una oficina y hacer papel maché.
Yo no me dedico al cine ni las editoriales quieren publicarme. Tampoco tengo una entrada en la Wikipedia ni ningún post mío ha sido enlazado por Menéame. No soy modelo. No tengo trabajo. Tampoco miles de amigos que me llamen para que vaya a sus fiestas ni cientos de followers que sigan mis blogs. No soy un genio, no me gusta el ajedrez y nunca he completado un cubo de Rubik. No sé hablar francés y a duras penas me entiendo con la tecnología. Los chicos nunca se han peleado por mí. Para que algo me salga bien tengo que esforzarme. Siempre he evitado hacerme un test de inteligencia porque me da vergüenza admitir que quería ser brillante y sólo estoy en la media. Escribo esto con una bata de hombre y una cinta de leopardo en la cabeza para evitar que el pelo que hace dos días que no me lavo me tape la cara. Escribo desde una casa poco glamurosa a la que se le cae el gotelé. De vez en cuando me levanto a hurtarme trocitos de chocolate a mí misma como si aún escapara de la vigilancia de mi madre.
Y creo de verdad que todos, los raros y los normales, tenemos una luz especial. No es una luz visible para todo el mundo ni en todo momento. Pero si contempláramos al funcionario haciendo papel maché con paciente parsimonia en una habitación mientras fuera llueve seguro que podríamos verla brillar. O si, mientras cae la madrugada y no podemos dormir, oímos ahí fuera a una pareja discutir y ella llora en silencio, sabríamos que estamos viviendo algo especial. Como cuando entras en el metro y observas a todo el mundo como si compusiera el cuadro de La última cena. Ahora, en algún rincón de esta ciudad, una pareja toma café y ríe y se cuenta cosas y no tratan de ser nada más que eso: una pareja que toma café en una cafetería que se ríe y se cuenta cosas.
Por otra parte tenemos modelos como siempre los ha habido: en la literatura, en el cine, en la chica más popular del instituto o el capitán del equipo fútbol. Mi madre quería unos zapatos de Gilda desde que salió la película porque eran el epítome de la feminidad. Yo quería ser como cualquiera de los animes que veía, o ser astronauta porque me gustaba un personaje de uno de ellos. En el fondo tanto la máscara de la originalidad como el modelo a seguir tienen ese mismo fin pero ligeramente retocado: quizás la originalidad busque más la admiración y el modelo la aceptación pero siempre se trata de encajar. Lo que falta en ambos casos es autobservación. Nada de querer ser tú mismo porque si eso es lo que quieres seguro que terminarás siendo un funcionario que se levanta todos los días a las siete de la mañana y que vuelve a casa con sus hijos justo para jugar con ellos, leer el periódico, hablar con tu mujer, hacer papel maché e irte a la cama. Pero a lo mejor ser original muchas veces es ser tú mismo, o al menos pasarte la vida intentando descubrir quién eres. Aunque eso suponga que lo que quieres es trabajar en una oficina y hacer papel maché.
Yo no me dedico al cine ni las editoriales quieren publicarme. Tampoco tengo una entrada en la Wikipedia ni ningún post mío ha sido enlazado por Menéame. No soy modelo. No tengo trabajo. Tampoco miles de amigos que me llamen para que vaya a sus fiestas ni cientos de followers que sigan mis blogs. No soy un genio, no me gusta el ajedrez y nunca he completado un cubo de Rubik. No sé hablar francés y a duras penas me entiendo con la tecnología. Los chicos nunca se han peleado por mí. Para que algo me salga bien tengo que esforzarme. Siempre he evitado hacerme un test de inteligencia porque me da vergüenza admitir que quería ser brillante y sólo estoy en la media. Escribo esto con una bata de hombre y una cinta de leopardo en la cabeza para evitar que el pelo que hace dos días que no me lavo me tape la cara. Escribo desde una casa poco glamurosa a la que se le cae el gotelé. De vez en cuando me levanto a hurtarme trocitos de chocolate a mí misma como si aún escapara de la vigilancia de mi madre.
Y creo de verdad que todos, los raros y los normales, tenemos una luz especial. No es una luz visible para todo el mundo ni en todo momento. Pero si contempláramos al funcionario haciendo papel maché con paciente parsimonia en una habitación mientras fuera llueve seguro que podríamos verla brillar. O si, mientras cae la madrugada y no podemos dormir, oímos ahí fuera a una pareja discutir y ella llora en silencio, sabríamos que estamos viviendo algo especial. Como cuando entras en el metro y observas a todo el mundo como si compusiera el cuadro de La última cena. Ahora, en algún rincón de esta ciudad, una pareja toma café y ríe y se cuenta cosas y no tratan de ser nada más que eso: una pareja que toma café en una cafetería que se ríe y se cuenta cosas.
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